Viaje por Cuba en 10 etapas
Pinar del Río: azúcar, tabaco y ron
Pinar del Río, la más occidental de las provincias cubanas, la “catedral natural” de Cuba, es conocida por producir, en las extensas vegas de Vueltabajo, el mejor tabaco del mundo, preciado honor que es sus tiempos disputaba con el de las cosechas de las fértiles tierras de Breña Alta y de la Caldera de Taburiente, en la lejana isla de La Palma, y esto no era mera casualidad geográfica, sino el fruto del esfuerzo de los muchos canarios que, a un lado y otro del Atlántico, pusieron su empeño, y hasta su vida, en ser los maestros del cultivo y la elaboración del tabaco.
En su amplio territorio se
encuentran el singular paisaje del Valle de Viñales, una extensa llanura de
tierras rojizas en la que sobresalen impresionantes montañas de laderas
verticales y cimas redondeadas cubiertas por abundante vegetación, conocidas
con el nombre de mogotes, y lugares tan bellos e interesantes como las
Reservas de la Biosfera de la Sierra del Rosario y de la Península de
Guanahacabibes, la Cueva del Indio, el sistema cavernario de Santo Tomás, la
cascada de colores de Soroa, o las doradas playas de cayo Levisa y María
Pinar, su
capital, es una de las ciudades más pequeñas y rurales de Cuba, cuyo centro
histórico se muestra en la actualidad como una sucesión algo desordenada de
edificios y casas de puntal bajo, pintadas de tintes multicolores, entre los
que predomina el azul y el rojo, con portales que forman galerías casi sin
fin, y en los que las columnas, capiteles, ornamentos y herrerías se
imbrican en un estilo ecléctico, característico de muchos lugares de esta
isla. En sus tiempos fue llamada la Cenicienta de Cuba, a la que muchos
acudían para aprovecharse de sus bondades productivas, pero luego no
invertían sus riquezas en ella, ejemplo de lo cual es el hecho de que,
siendo el corazón del tabaco cubano, no se instaló en ella una fábrica de
manufactura de puros hasta el año 1965.
En Pinar del Río la vida transcurre en torno a la
calle José Martí, más conocida por su antiguo nombre de calle Real. El
tráfico no es intenso, pero sí muy variado: coches, guaguas, motos,
bicicletas, bicitaxis, coches de caballos, y cualquier otro medio de
transporte imaginable, la recorre en ambas direcciones, mezclándose en un
aparente caos con las múltiples personas que cruzan de un lado a otro por
entre los vehículos, siguiendo un código que solo los lugareños deben
entender. Tal vez porque ya se renunció a canalizar
ese caótico deambular de máquinas y personas, o
porque dentro del espíritu de la Revolución está el que no siempre se debe
acudir a la represión para el que no cumple la norma, hoy la policía no
multa a los infractores, sino que recorre las calles en sus patrulleros
avisando a la población por los altavoces: “Por favor, el compañero que
tiene estacionado su coche arriba de la acera…haga el favor de retirarlo de
ahí. ¡Compañerooooos, tomen conciencia de que las aceras son para las
personaaaaaaaaaaas….!” Y así
continúan su marcha de educación vial en una ciudad, en la que, a veces, los
conductores se ponen nerviosos y tocan sus bocinas, porque en la esquina de
una calle se formó un atasco… ¡de diez coches!!
A lo largo
de la calle Real se encuentran también los edificios más significativos de
la ciudad. El primero, y más llamativo por su estrambótico estilo
constructivo, es el antiguo Palacio Guasch, producto
del desordenado sueño estético de un médico viajero y polifacético que quiso
reunir en su “palacio” todos los estilos arquitectónicos posibles, desde el
gótico, al morisco o el hindú, y en el que conviven columnas griegas, con
gárgolas neobarrocas y ojivas árabes. En su jardín construyó, también de
cemento, unos colosales dinosaurios, y otros extintos animales. Hoy es sede
de un destartalado Museo de Ciencias Naturales, en el que la estrella es un
gran caimán disecado, que según el cuento tuvo en vilo a la población de Los
Palacios durante 10 años, hasta que logro ser abatido por un disparo.
Un poco más
adelante están el Teatro Milanés, una sencilla pero elegante muestra del
neoclasicismo del siglo XIX, con una sala de madera con asientos de hierro
forjado de color blanco tapizados de terciopelo rojo, recientemente
restaurada, y que recuerda mucho al Teatro Chico de Santa Cruz de La Palma.
Casi al lado se halla el Museo Provincial de Historia, La Casa de la
Cultura, el recién restaurado Hotel Vueltabajo y el Palacio de los
Matrimonios.
Muy cerca de
aquí está la Fábrica de Tabacos, que en otros tiempos fue la prisión
provincial, y en la que actualmente se elaboran artesanalmente los
auténticos cohibas, montecristos y otras marcas emblemáticas de la industria
tabaquera cubana. Y un poco más lejos la fábrica de la Guayabita del Pinar,
un licor afrutado de alta graduación, producto de la mezcla casual de ron y
el fruto enano de una variedad de guayaba, que es la base y signo de
autenticidad de esta bebida espirituosa.
Ya en las
afueras de la ciudad se encuentra la fábrica del dulce de guayaba
“Conchita”, el mismo que en los tiempos difíciles de década de los sesenta
del siglo pasado llegaba desde tan lejos a las tiendas canarias, en sus
barras envueltas de plástico transparente y embaladas en cajitas de madera,
que los niños convertíamos en coches de juguete, las mujeres en
rudimentarios costureros y los hombres en baúl de los recuerdos. El dulce
alimento que sirvió de merienda a tantos canarios, aún sigue fabricándose en
el mismo lugar y casi del mismo modo.
Aprovechando
la frescura de la noche asisto a la actuación del Ballet de Camagüey en el
Teatro Milanés, que representa piezas clásicas y modernas ante un público
variopinto, que se ha vestido especialmente elegante para la ocasión, sin
faltar en los hombres la elegante guayabera y en las mujeres el chal y el
abanico, que tanta falta hace
para resistir el bochorno que dejó la calurosa tarde. Al terminar paso ante
un patio del que salen unas melodías que me resultan familiares, así que no
me resisto a entrar, aprovechando la amable invitación del portero; así que
puedo disfrutar de la actuación de Regla Tejera, que en esos momentos canta
a pecho lleno, para un escaso pero entusiasmado público, “La vida es la
ruleta en que apostamos todoooos, y a ti te había tocado no mas la de
ganaaaar…”. Es la noche de la “Peña mejicana” en la Casa de la Cultura de
Pinar del Río.
Camino de la casa en que me hospedo, aún tropiezo con otro festejo: una boda que se celebra en el Palacio de los Matrimonios. Pero como no estoy invitado, me contento con escuchar las canciones del malogrado Polo Montañez, que toca la orquesta que anima el agasajo, desde la cercana terraza del hotel Vueltabajo, tomando un cerveza Cristal bien fría, y más tarde unos tragos de “guayabita”, que el camarero me ofrece en señal de la reciente y duradera amistad que hemos entablado luego de estar un buen rato conversando, pues la clientela es escasa, las ganas de hablar bastantes y, ya se sabe, el tema extenso cuando se juntan un cubano y un canario.
